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Cuento - Llamaron Cerezo a su aldea.
Autora: Luz González Rubio
Yolanda JB - http://www.educarueca.org / Jueves 10 de junio de 2010
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Llamaron Cerezo a su aldea por el milagro de que floreciera ese árbol aquel día cuando, cansados de caminar sin rumbo, encontraron una corriente de agua cristalina al pie de un cerro.

Huían de la civilización. Desde que se habían convertido a la nueva religión que les prohibía matar aunque fuera en defensa propia, se habían visto obligados a escapar del mundo conocido en el que campeaba la violencia.

Con el edicto del emperador Caracalla que extendía la ciudadanía a todos los habitantes del Impero, los hombres tenían la obligación de servir a Roma y alistarse en las legiones y aprender a empuñar las armas. .

Echarían en falta muchas cosas, pero su fe era más fuerte que las comodidades a que estaban acostumbrados. Además estaba el amor que se tenían. El amor fraterno, más fuerte que todos los embates del destino y el amor conyugal, santificado por los votos que habían hecho ante Dios y ante el diácono.

Se despidieron de la familia y una mañana, de madrugada, salieron sigilosamente de su ciudad. EL día anterior habían celebrado las calendas de junio y la gente estaba durmiendo aún, recuperándose de los excesos de la fiesta. Nadie iba a echarlos en falta.

Emprendieron el camino por la calzada romana, con la idea de alejarse de ella la distancia suficiente para no ser encontrados y al mismo tiempo no tan lejos como para no poder volver y reanudar el contacto con el mundo civilizado cuando las cosas cambiaran o ellos fueran más fuertes y numerosos.

Querían vivir fieles a las enseñanzas del apóstol. Habían sido bautizados en la fe de Jesús el Cristo, el que predicó que para que hubiera paz en el mundo si te golpeaban en una mejilla, había que poner la otra y que había que perdonar no siete veces, sino setenta veces siete.

Era imposible practicar tales enseñanzas en el ambiente depravado de la ciudad. Aunque las persecuciones no eran tan temibles como lo habían sido unos años antes con el emperador Decio, todavía continuaban los edictos que perseguían a los cristianos. Como ocurriera en Roma, que se reunían en las catacumbas, también ellos en esta provincia, la más alejada de la capital del Imperio, tenían que esconderse para escuchar las charlas y la lectura de los evangelios. Tenían que disimular y evitar ser acusados de no adorar al emperador o no respetar a sus dioses. Para guardar mejor las apariencias algunos incluso asistían al espectáculo bárbaro del circo, aunque en vez de disfrutar con el espectáculo de gladiadores arriesgando su vida, se pasaran todo el tiempo rezando para que no hubiera demasiadas muertes entre estos hombres, muchos de los cuales se habían bautizado y por tanto se negaban a matar a sus contendientes, aunque eso conllevara el fin de sus días.

Tales espectáculos se le hacían insoportables hasta el punto de no poderlo aguantar más.

Se marcharon hasta que los tiempos difíciles pasaran. El emperador no era eterno ni el imperio tampoco. Se tenían noticias de Roma de que la disgregación de las provincias era inminente. Su Dios les protegería hasta entonces. Mientras, esperarían escondidos en los campos.

Llevaron consigo burros cargados con grano suficiente para sembrar y alimentarse hasta que la primera cosecha estuviera madura. También aceite, y brotes de olivo, y otros frutales, para que crecieran allí donde fueran. Entre ellos uno de cerezo, que fue el árbol que floreció primero. Por eso le pusieron el nombre a esa aldea que fundaron.

Alabad a Dios con panderos

Cantadle con címbalos e invocad su nombre

Porque es un Dios que pone fin a las guerras

Y me ha librado de mis perseguidores

Buscaron cuevas en los repechos de las rocas. Excavaron la tierra alrededor para hacerlas más grandes, lo suficiente para caber todos y protegerse de las lluvias y el viento hasta que pudieran construir viviendas mejores. Hicieron agujeros en la tierra y metieron las vasijas con parte del grano que debía esperar más tiempo a ser sembrado como garbanzos y lentejas. También guardaron una cantidad de cereales suficiente para asegurarse no pasar hambre durante el invierno en caso de mala cosecha. Y dejaron en las rocas, un poco más cerca de la cueva, los granos que les harían falta para la siembra.

Rezaban e todo momento, pero los rezos no les impedían trabajar duro asegurándose la subsistencia con hierbas y bayas, creando una infraestructura que les hiciese más fácil la vida el tiempo que tuvieran que pasar en aquellas colinas.

En los alrededores había muchas bellotas por el suelo, fruto de las encinas, y pinos repletos de piñas, tantas que todavía quedaban apiñadas junto al tronco algunas del año anterior, las que las ardillas no habrían podido comerse. Estos animales deambulaban libremente junto a conejos y liebres por el monte, tan cerca de ellos que no les costaría mucho trabajo atraparlos para alimentarse.

Contaban de otros cristianos, los eremitas, que se iban a vivir solos al desierto o a montes como aquel para fortalecerse espiritualmente. Su recuerdo les daba ánimos para perseverar, porque si estos hombres y mujeres habían sido conseguido pasar largos años en la soledad de los montes, ellos, que eran un grupo y tenían más medios, también iban a contar con la protección del Señor para mantenerse con vida.

Uno de ellos era soldado pero habían aprendido a cultivar la tierra. Se había visto obligado a hacerlo como muchos otros cuando la paga de Roma no llegaba y tenían que comer. Roma les había dado el derecho a las tierras que quisieran cultivar y se habían establecido como colonos entre la población autóctona, a la que algunas veces habían arrebatado las más fértiles o las más cercanas a los campamentos de las legiones. Hacía mucho tiempo de ello y las poblaciones ya no se rebelaban, Roma consideraba que estaban enteramente sometidas pero aún así, su ejército debía mantenerse dispuesto a luchar en cualquier momento. Por eso se unió al grupo de los que huían, más que por el temor a las persecuciones que nunca habían sido tan intensas en las provincias como lo eran en Roma. No quería seguir vinculado a la urbe que le obligaba a defender los intereses del emperador y participar en razias y campañas de castigo. Esas cosas que su religión les prohibía y de las que debían alejarse por el bien suyo y de sus hijos.

Tenían muy presente el sermón de la montaña, en el que Jesús había proclamado las bienaventuranzas: Bienaventurados los no violentos porque ellos heredarán la tierra, bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Imagen tomada de: http://gabrielrobledo.wordpress.com/2009/04/


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