::: Dinámicas para tutoría :::
¿Dónde están ahora las mujeres iraquíes?
Autora: Zainab Salbi. - The Huffington Post
Yolanda JB - http://www.educarueca.org / Sábado 26 de septiembre de 2009
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Me encuentro en Bagdad, sentada a la orilla del Río Tigris, en medio de una calurosa tarde del mes de julio. El viento desfila parsimonioso, el polvo se ha asentado y la llamada a los fieles para la oración reverbera sobre las aguas del río donde se reflejan las luces de unos restaurantes relativamente nuevos. Ayer visité la tumba de mi madre y me enteré que hace dos años que su lápida quedó destruida por un misil lanzado en uno de tantos enfrentamientos mantenidos entre las milicias y las tropas estadounidenses. “Ni siquiera los muertos se libran de las bombas en Iraq”, pensé para mí. Pero al menos mi madre no ha tenido que presenciar el dolor que tantas mujeres iraquíes están soportando tratando de encontrar un espacio para ellas en el “nuevo Iraq”.

Muy pocas de las mujeres de la generación de mi madre –una generación de mujeres muy preparadas que trabajaron en todos los diferentes sectores del país- siguen aún en activo. Y son muy pocas porque muchas profesionales que eran doctoras, profesoras y periodistas han sido asesinadas en el transcurso de los últimos siete años como parte de lo que yo creo que era y es el objetivo estratégico principal de las milicias extremistas: “limpiar” la sociedad iraquí de su elite intelectual y profesional. Aquellas que sobrevivieron a las matanzas y a la tentación de escapar del país en busca de un lugar más seguro donde vivir, se han retirado al interior de sus hogares o aprovechan las cuotas que han abierto oportunidades para que las mujeres se conviertan en miembros del parlamento iraquí.

En el Iraq actual, las mujeres no tienen una realidad unificada. A la vez que algunas de ellas pueden incrementar su participación en el sector político –se exige que el Parlamento iraquí y los consejos locales tengan un 25% de representación femenina-, miles y miles de ellas sufren una dureza brutal y una pobreza extrema. Nunca como ahora ha habido tantas mujeres destituidas, estimándose que la cifra de viudas de guerra oscila entre uno y tres millones. Ellas, y otras mujeres económica y socialmente marginalizadas, son muy vulnerables al riesgo de acabar sometidas al tráfico de mujeres, a la prostitución forzosa organizada, a la poligamia, a la violencia doméstica y a ser también reclutadas como suicidas-bomba, un hecho que la sociedad sigue intentando aún encajar y comprender. En un único día de viaje alrededor de Bagdad, pueden observarse todas estas diversas y conflictivas realidades de las mujeres iraquíes, como me ha ocurrido hoy a mí.

Pasé una hora atrapada en un terrible atasco de tráfico, un fenómeno nuevo que tiene su origen en la construcción de la internacional “Zona Verde”, dotada de inmensas medidas de seguridad (y que ocupa ya la cuarta parte de la ciudad), y la imposición, por parte de la Autoridad Provisional de la Coalición, de un impuesto de un 5% sobre todos los productos importados, lo que ha provocado la importación de un aluvión de coches que no pasan inspección ni control algunos. En esa hora inútil, estuve leyendo un artículo sobre mujeres y niñas encarceladas y cómo la mayoría de ellas son víctimas de traficantes que han colocado anuncios ofreciendo la perspectiva de matrimonios concertados en Siria. Las mujeres dejan el país con las bendiciones de sus padres, quienes piensan que están librando así a sus hijas de la violencia que campa por doquier. Cuando las hijas se dan cuenta de que el mismo marido con el que se han casado es su captor y traficante es demasiado tarde. Están atrapadas, sin dinero, sin posibilidad de comunicarse y sin documentación. Cuando la enfermedad o algún otro trastorno incapacitan a las víctimas, los traficantes las devuelven a Iraq, donde son arrestadas por poseer documentación falsa o por prostitución. En ambos casos, los castigos suponen al menos seis años de cárcel. Mientras tanto, los traficantes siguen libres fuera del país y forzando a más mujeres a prostituirse, sobre todo en los países del Golfo, en el mismo Iraq o en sus prisiones.

Cuando llego a la oficina de Women for Women International, veo a una mujer de unos cincuenta años que está esperándome para que le haga una entrevista para un puesto de trabajo en la organización. Ha sido trabajadora social durante veinticinco años, ha trabajado en Ciudad Sadr durante la mayor parte de su carrera profesional y habla con pasión y amor de la gente de la Ciudad Sadr, sin plantearse jamás que es una mujer “sunní” que trabajaba en una barriada “chií”. Me dice: “Aquello era el viejo Iraq. Trabajábamos, conducíamos, viajábamos, íbamos a la universidad, hacíamos fiestas, nadie nos cuestionaba. Hoy en día resulta muy duro recuperar aquel espíritu. He tenido que ver demasiados cadáveres y demasiado sufrimiento. Nuestra propia guerra civil es peor que la guerra con Irán, peor que la Primera Guerra del Golfo, peor incluso que última Guerra del Golfo. A partir de ese momento fue cuando dejé de salir de casa. Ya no sé cómo volver encontrar sentido a las cosas”, explica suspirando.

Salí de la entrevista con el corazón en un puño y le pregunté a mi colega cómo se estaba sintiendo con todo lo que sucedía en el país. “Están tratando de debilitarnos”, dijo. “Con tantas bombas desde que las tropas estadounidenses se retiraron de las ciudades, lo que tratan es de conseguir es que perdamos la esperanza, pero no les permitiremos que se salgan con la suya. Mantendremos la esperanza contra viento y marea, Zainab”. Al responderme, me contó su frustración por las acciones de las diversas milicias, que son quienes están detrás del aumento en la colocación de bombas por todo el país. Me emociona ver su capacidad para mantener la esperanza. Pero no todo el mundo puede conseguirlo.

Al dejar la oficina, me reuní con una amiga para comer. Es una activista por la que siento un profundo respeto; nunca ha dejado Iraq, ha sobrevivido y perseverado haciendo frente a todos los desafíos. Continúa con su activismo y su trabajo para mantener y apoyar las voces de las mujeres, pero hoy la he visto deprimida. “No son sólo las bombas”, explica. “No es sólo la falta de electricidad, de todas las cosas que solíamos tener. Tiene más que ver con la corrupción que ves en el país, con la falta de visión, de liderazgo, de algo que nos mantenga unidos. Estoy viendo un país al que la corrupción está devorando vivo y se permite que las milicias lo destruyan aún más. Creo que he llegado a mi límite”. Puedo sentir la derrota en su voz; tan pocas de las antiguas y educadas mujeres de clase media están pudiendo aguantar sin venirse abajo, que siento el más profundo de los respetos por la integridad y la dedicación de las que lo consiguen.

Las hijas de mi amiga estaban escuchando nuestra conversación mientras comíamos. Son chicas universitarias de las pocas que no llevan velo en su universidad, la actual popularidad del pañuelo o velo entre las mujeres jóvenes es algo totalmente nuevo para mí y para los recuerdos de cuando crecí en Iraq. Aprovechan una pausa en la conversación para preguntarme por la vida que llevé en el Iraq de hace veinte años.

Ansiosamente, me inundan de preguntas que intentan confirmar las historias de su madre sobre una época menos conservadora en la que las mujeres se movían libremente en la esfera pública. “¿De verdad ibais conduciendo a la universidad? ¿Es verdad que la mayoría de las mujeres no llevaban pañuelo? ¿Es verdad que la mayor parte de las chicas no se casaban hasta que se habían licenciado en la universidad? ¿Es verdad que la mayor parte de las mujeres trabajaban?”.

Se me rompió el corazón al escuchar sus preguntas porque comprendí que hay ya toda una generación de mujeres y hombres que ni siquiera recuerdan que esa época de libertad y estabilidad existió una vez. Las hijas de mi amiga forman parte de las clases privilegiadas. Van a la universidad y no se cuestionan su derecho a hacerlo. Pero hay muchas chicas de su edad de diferentes sectores de la sociedad que ni siquiera van al colegio y que por tanto está creciendo analfabetas. Muchas se están casando aún adolescentes y dejando la escuela, a diferencia de lo que hacían sus madres. Muchas no recuerdan que sus madres viajaban, trabajaban, bailaban y cantaban en los años cincuenta, en los sesenta y en los setenta.

Acabé de comer para ir a visitar a una de las participantes en el programa de Women for Women International, una de las millones de viudas de Iraq. Su marido fue asesinado una tarde de un viernes mientras ella preparaba la comida en la cocina.

Estaba jugando con sus hijos. Oyeron una explosión fuera. Cuando corrieron para ver qué había sucedido, un misil le cayó encima, matándole instantáneamente e hiriendo a sus cuatro hijos. “Mi vida dio un vuelco en cuestión de un segundo convirtiéndome de una mujer felizmente casada en una viuda, una mujer pobre, sin apoyo de nadie”, explica. Le pregunté si aparte de Women for Women International había alguien más que la ayudara y me sorprendió su respuesta: “La pobreza ha cambiado muchos aspectos de nuestra cultura”, dice. “Mi familia política me dijo que eran demasiado pobres como para poder ayudarme a mí y a mis cuatro hijos. Mis propios padres me dijeron lo mismo. Por eso no tuve más remedio que arreglármelas sola. Aprendí técnicas básicas de enfermería para ahorrar dinero a la hora de atender las necesidades médicas de mis hijos después de cada intervención quirúrgica que tuvieron que sufrir para poder reparar los daños causados por la explosión. Vendí todo lo que tenía para abrir una pequeña tienda frente a mi casa donde mis hijos y yo trabajamos para poder ganar algún sustento. Con la ayuda de Women for Women tengo ahora un trabajo fabricando velas”.

Cuando le pregunté qué pensaba ella acerca de lo que necesitan las viudas iraquíes, me susurra despacito que no le gusta cuando la gente se refiere a ella como viuda. “Hace que me sienta como una víctima y no quiero sentirme así. Lucho cada día por no perder la sonrisa ante mis hijos. No quiero que la sociedad me victimice porque rechazo sentirme así. Todo lo que necesito son oportunidades para salir adelante y enviar a mis hijos al colegio y que puedan acabar sus estudios universitarios”. Me volví hacia su hijo de once años y vi cómo sus ojos estaban llenos de lágrimas. Recuerda el día en que asesinaron a su padre y cómo ha cambiado su vida, cómo su madre está luchando todo lo que puede por ellos. Me preguntó si quería leer uno de los poemas que ha escrito para su madre y todas las viudas de Iraq. Quizá sólo podamos confiar en los jóvenes para arañar la esperanza de un futuro mejor para Iraq, pensé para mí.

Al final decidí volver a casa. En cada ruta hay decenas de controles donde los soldados utilizan unos detectores para comprobar si el coche lleva o no una bomba. A menudo preguntan al conductor si lleva en el coche cualquier tipo de arma. Siempre pienso que es una pregunta extraña, ya que me sorprendería mucho que alguien admitiera que tiene armas que no están registradas. Casi todo el mundo tiene actualmente armas.

También se supone que no puedes utilizar el teléfono móvil cuando pasas por el control, una norma que olvidé y que los soldados se apresuraron a recordarme. Me pidieron que saliera del coche y me dirigiera al control de mujeres para que me registraran. Caminé con calma hacia una caseta al borde de la carretera donde había una mujer sentada en espera de registrar a las mujeres. Traté de comenzar una conversación banal con ella: “¿Por qué molestarse en registrar a las mujeres? Son los hombres de este país los que crean todos los problemas”. Dije esto con un tono superficial y me quedé sorprendida cuando me informó acerca de otra realidad de las mujeres iraquíes: “No, hermana”, me dijo con cara de tristeza. “Hay muchas mujeres estos días que se convierten en suicidas-bomba. Precisamente el otro día, dos mujeres se hicieron explotar delante de la mezquita, en dos sucesos diferentes. Yo misma vi los cadáveres en uno de los casos. Ví cómo volaban zapatos y chanclas de los niños que habían explotado, cuerpos despedazados… No pude comer durante días y todavía no consigo entender a esas mujeres”, me dice. Ni yo. Dejo el control con los ojos empañados de pena por el país y por lo que están teniendo que presenciar sus hombres y mujeres.

Hace muchos años, me encontraba con la mujer de mi primo, una mujer profundamente destrozada por la pérdida de su hijo en la guerra. Un helicóptero Black Hawk estaba sobrevolándonos mientras estábamos sentadas en su patio trasero sorbiendo unas tazas de té. Miró hacia el helicóptero y dijo: “Mátame. Mátame y líbrame de toda esta pena”. Nunca olvidaré aquel momento tan duro de tener que ser testigo de todo el desgarro de una madre doliente. Me veo recordándolo especialmente en días como el de hoy, un día en el que no sólo he oído a una madre doliente sino las voces de muchas mujeres dolientes, voces de corazones destrozados que expresan su lamento por ellas mismas, por sus familias, por su futuro y por su país.

Otra tormenta de arena más va envolviendo a la ciudad. Puedo verla en la distancia, apoderándose de las zonas, en otra época verdes, que rodeaban la ciudad, de sus árboles, de sus flores. Otro tipo de tormenta de arena parece que haberse adueñado de los apenados corazones de las mujeres iraquíes, impidiendo por todo el país la caricia del sol. Mejor me voy adentro, quizá mañana sea un buen día. Quizá las mujeres tengan la fuerza necesaria para levantarse de nuevo para luchar por ellas mismas, por sus familias y su nación. Necesitan fervientemente de una nueva realidad. El mundo debe apoyarlas. Debemos permanecer junto a nuestras hermanas iraquíes con todas nuestras fuerzas.

Where are Iraqui Women Today?

Zainab Salbi. The Huffington Post

I’m sitting by the Tigris River in Baghdad on a hot July evening. The air is still, the dust has settled, and the call for prayers is echoing over the river as it reflects lights from relatively new restaurants. I visited my mother’s grave yesterday and learned that her tombstone was destroyed by a missile two years ago in one of the clashes between the militias and the US troops. "Not even the dead are spared from the bombings in Iraq," I thought to myself. But at least my mother is not witnessing the pain many Iraqi women are witnessing as they try to find space for themselves in the "new Iraq."

Few of the women of my mother’s generation — a generation of educated women who have worked in all different sectors of the country — are still holding on. They are few — many professional women who were doctors, professors and journalists were assassinated in the past seven years as part of what I believe is a larger, strategic approach by extremist militias to "cleanse" Iraqi society of its intellectual and professional elite. Those who have survived the killings and the temptation to leave the country in search of a safer place to live have either retreated within the home or taken advantage of quotas that have opened opportunities for women to become members of the Iraqi parliament.

Today in Iraq, women have no one unified reality. At the same time as many women increase participation in the political sector — Iraq’s Parliament and local councils are required to have 25 percent female representation — thousands more are experiencing brutal hardship and extreme poverty. There are now more destitute women in Iraq than ever before — estimates of the number of war widows range from one to three million. These and other socially and economically marginalized women are vulnerable and at high risk of trafficking, organized and forced prostitution, polygamy, domestic violence, and being recruited as suicide bombers, something that the society is still trying to process and understand. In a single day’s journey around Baghdad, one can see all these many and conflicting realities of Iraqi women — that was my day today.

I spent an hour stuck in horrible traffic, a new phenomenon originating in the construction of the highly-secured, international "Green Zone" (which now occupies one quarter of the city) and the imposition of a 5 percent tax by the CPA (Coalition Provisional Authority) on all imported goods that led to a skyrocketing of imported cars without any inspection. In this useless hour, I read an article about women and girls in prison and how most of them are victims of trafficking advertised as the prospect of arranged marriages in Syria. They leave the country with their parents’ blessings, thinking they are sparing their daughters from the violence inside the country. By the time the daughters realize the very husband they married is actually their captor and trafficker, it is too late. They are trapped, with no money, no communication and no papers. When illness or some other ailment incapacitates the victims, the traffickers send them back to Iraq, where they are arrested either for false documents or prostitution. Both punishments lead to at least six years in prison. The traffickers are out free and more women are forced into prostitution, mostly in Gulf countries, in Iraq itself or its prisons.

By the time I arrive at Women for Women International’s office, I see a woman in her fifties waiting for me to interview her for a job at Women for Women International. She had been a social worker for 25 years, worked in Sadr City throughout most of her professional career and is passionate and loving about the people in Sadr city, never questioning the fact that she is a "Sunni" woman working in a "Shia" neighborhood. She tells me, "That was the old Iraq. We worked, drove, traveled, went to universities, to parties, no one questioned us. Today, I find it hard to get my spirit back. I saw too many dead bodies and too much suffering. It was worse than the war with Iran, worse than the first Gulf War, worse even than the last Gulf War is our own civil war. That’s when I stopped leaving my home. I don’t know how to make sense of things anymore," she explains with a sigh.

I left the interview with a heavy heart, and asked my colleague about how she felt about what is happening in the country. "They are trying to shake us," she said, "They are trying to make us lose hope with all the increases in bombings since the public withdrawal of American troops, but we won’t let them do that. We will hold on to our hope, Zainab." In her response, I hear her frustration with the various militias who are behind the increase in bombings in the country. I’m inspired by her ability to hold on to hope. But not everyone is holding on to that hope.

Leaving the office, I met a friend for lunch. She is an activist for whom I have deep respect; she has never left Iraq, has survived and persevered through all of the challenges. She continues her activism and her work to sustain and support the voices of women, but today I see she is giving up. "It’s not only the bombing." she explains. "It’s not only the lack of electricity. All of these things we got used to. It is much more about the corruption you see in the country, the lack of vision, of leadership, of something to hold us to each other, to the country. I am witnessing a country where the corruption is eating it alive and is giving a chance to militias to destroy it even further. I think I have hit my limit." I can hear the defeat in her voice; so few of the older, educated, middle class women are holding on — I have the deepest respect for the integrity and the dedication of those who do.

My friend’s daughters were listening to our conversation at lunch. They are college kids, among the few in their universities who do not wear headscarves — the current-day popularity of the headscarf among young women is something entirely new to me and my memories growing up in Iraq. They took advantage of a pause in conversation to ask me about the life I had led in the Iraq of 20 years ago.

Eagerly, they peppered me with questions intended to confirm their mother’s stories of a less conservative time where women moved freely in the public sphere: "Did you really drive to college? Is it true that most women did not wear a headscarf? Is it true that most girls did not get married until they graduated from college? Is it true that most women were working?"

It broke my heart to hear their questions, for I realized that there is a whole generation of women and men who don’t even remember that this era of freedom and stability ever existed. My friend’s daughters are part of the privileged class. They are going to university and not questioning their rights to do so. But there are many girls their age from different sectors of society who are not even going to school, and hence are growing up illiterate. Many are getting married as teenagers and dropping out of school, while their mothers didn’t get married until they graduated from college. Many don’t remember how their mothers traveled, worked, danced, and sang in the 50s, and the 60s and 70s.

I leave my lunch to visit one of the participants in Women for Women International’s program, one of the millions of widows in Iraq. Her husband was killed on a Friday afternoon as she was preparing lunch in the kitchen.

He was playing with their sons. They heard an explosion outside. When they ran out to see what happened, a missile landed on him, killing him instantly and injuring all four sons. "My life was changed in a second from a happily married woman to a widow, a poor woman, with no support whatsoever," she explains. I asked her if anybody besides Women for Women International is helping her, and I was surprised by her answer: "Poverty has changed much of our culture," she says. "My in-laws told me they are too poor to help me and my four sons. My own parents told me the exact same thing. So I had no hope but to manage on my own. I taught myself basic nursing techniques to save money on my kids’ medical needs after each surgery they had to undergo to correct damage caused by the explosion. I sold all that I had to open a mini store in front of the house where my kids and I work so we can earn some living. With Women for Women’s help I now have a job as a candle maker."

When I asked her what she thinks Iraqi widows need, she whispers slowly that she doesn’t like it when people refer to her as a widow. "It makes me feel like a victim and I don’t want to feel that. I struggle to keep my smile going for my boys every day. I don’t want the society to victimize me when I refuse to be victimized. All I need is opportunities to stand on my feet and send my boys to school so they may finish their college. They have seen a lot you know, and they are good boys." I turn to her 11 year-old son and see tears in his eyes. He remembers the day his father was killed, how his life changed, how his mother is struggling to keep them all well. He asked me if I wanted to read one of the poems he wrote for his mother and all the widows of Iraq. Perhaps only in youth do we have such hope for a better future for Iraq, I think to myself.

I finally decide to return home. As with every drive, there are tens of check points where the soldiers are holding a machine to check if the car has a bomb or not. They often ask the driver if he has any arms in the car. I always find this question weird, as I would be surprised if anyone admitted they have weapons that are most likely not registered. Almost every one has weapons nowadays.

You are also not supposed to use your cell phone when passing the check point — a rule that I forgot and was quickly reminded of by the inspecting soldiers. They asked me to get out of the car and go to the women’s check point to be checked. I walked calmly to one room by the side road where there is a woman sitting inside, waiting to body search women sent by the soldiers outside. I try to start a light-hearted conversation: "Why bother to search women; it is the men in this country who are causing all the trouble." I say this with a light tone, only to be surprised and informed of another reality of Iraqi women: "No sister," she tells me with a sad face. "Many women are suicide bombers these days. Just the other day, two women exploded themselves in front of the mosque, on two separate occasions. I saw the dead bodies myself in one of the bombings. I saw flying shoes and slippers of kids who had exploded, body parts and all. I couldn’t eat for days and I still don’t know what to make out of these women," she says. I don’t either. I leave the check point with a teary eye at the pain of the country and what it is witnessing from its men and women. Many years ago, I was sitting next to my cousin’s wife, a woman aggrieved by the loss of her child in the war. A Black Hawk helicopter was flying on top of us as we were sitting in her backyard and sipping some tea. She looked up at the helicopter and said, "Kill me. Kill me and spare me from all the pain I am witnessing." I never forgot that moment of the raw grief of a mourning mother. I find myself remembering it particularly on a day like today, a day in which I have heard not just a mourning mother but the voices of many mourning women, voices that lament hearts broken in pain for themselves, their families, their futures and their country.

Another sandstorm makes its way through the city one more time. I can see it in the distance, taking over the green that once surrounded the city, trees and flowers. Another kind of sandstorm seems to be overtaking the pained hearts of Iraqi women, blocking out the sun over the entire country. I better go inside — maybe tomorrow will be a better day. Maybe women will once again have the strength to keep themselves, their families and their nation going. They are in need of a new reality. The world must support them. We must stand with to our iraki sisters with all our strength.

Enviado por: Jose Ángel Paniego García

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández


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