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MARKO, HISTORIA DE UN DESERTOR.
Yugoslavia-Montenegro. 25 mayo 1999.
Emilio / Sábado 21 de noviembre de 2009
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Un soldado abandona la localidad kosovar de Merdare, al norte de Pristina. Este muchacho de 21 años es uno de los cerca de 20.000 montenegrinos que han decidido abandonar el Ejército de Milosevic.

Era un chico al que, como a tantos otros, le gustaban Adriano Celentano y la canción napolitana. Llevaba pendiente, trabajaba como técnico de sonido escuchaba habitualmente a Pino Daniele y disfrutaba con el blues.

Pero un día le llegó la citación. Le dijeron que tenía que irse al Ejército. Y tuvo que abandonar a Celentano, al rhythm and blues y marcharse a pegar tiros contra el ELK…

Cinco meses después el chico ha regresado. Marko, que tiene 21 años y no quiere matar a nadie, se ha vuelto a poner el pendiente, cambia de casa todas las noches, trabaja con un nombre falso en un disco bar de Podgorica y, por fin, puede escuchar toda la música que le gusta.

Es un desertor del Ejército de Milosevic. Uno de los 4.000 muchachos montenegrinos que, en los últimos tres meses, según fuentes militares yugoslavas, han escapado de esta sucia guerra. Uno más que hay que añadir a los cerca de 20.000 que han huido hasta ahora a este pequeño país enfrentado con los hermanos serbios y desde siempre en el filo de la secesión con Belgrado.

“Estas bombas sólo las quiere un hombre, dice Marko, “un presidente que desencadena un infierno cuando siente que su puesto vacila lo más mínimo. Que mande a su hijo a luchar…”.

Desde hace 40 días, la Policía Militar se presenta a diario por sorpresa en casa de sus padres. Si lo encuentran, terminará de inmediato en primera línea de fuego, apoyando a las escuadras paramilitares de la limpieza étnica.

“Y después, si todavía estoy vivo, me llevarán ante un tribunal militar. Me pueden caer entre 7 y 12 años de cárcel”. Coloca su dedo índice en la sien, como si fuese una pistola y añade: “Antes de dejarme coger…”.

Marko no se atrevió a renunciar el día que le llegó la citación para alistarse. “Mi padre es capitán en la reserva, luchó contra los croatas en Dubrovnik, se dio cuenta de lo que está pasando y me dijo: “No te presentes”. Pero yo no estaba de acuerdo con él. Mi destino era Kosovo. Y además, no hacer la mili es un gran problema aquí. Si no vas, no te dan el pasaporte y no te contrata ninguna empresa pública. Y por eso decidí alistarme”.

Lo enviaron a Valjevo, en Serbia central, a un campo de instrucción para Artillería. Pero dos meses después, y tras soportar un estado de alerta en todo el cuartel, lo subieron a un tren sin explicación alguna. El, junto a los 1.400 miembros de su pelotón, partían para Pec (Kosovo).

“Durante una semana, no hicimos nada. Simplemente comíamos, caminábamos y fumábamos. Un día, nos enseñaron las armas. Cañones rusos del 41, un arma que dispara un cañonazo cada dos minutos. Pura chatarra”, explica.

No le faltan motivos para la indignación, pero se muestra especialmente irritado cuando habla de cómo el Ejército serbio pretendió que sirvieran de “cobayas” para el ELK. “El 5 de marzo nos mandaron al suroeste de Pec, a un bosque casi en la frontera de Albania. Teníamos nuestro kalashnikov, pero sólo una caja de munición, que guardaba nuestro sargento. Era mejor luchar con escobas. Está claro que nos habían enviado allí para que sirviéramos de cobayas: si el ELK nos mataba, ya tenían la excusa para bombardear los campos en Albania”.

Su escapada se produjo el 20 de marzo, tres días antes de que la OTAN comenzase a bombardear. “Me echó una mano un amigo de la policía, que trabaja en el cuartel de Pec. Me dejó telefonear a casa una noche y me dio una maleta y untar de vaqueros. En Pec viven muchos serbios que van a trabajar al cuartel. Aquella mañana, eran las 12, en el puesto de policía vi a un grupo de civiles que salía. Me uní al grupo y salí con ellos. Fuera, me estaba esperando mi padre”.

Desde entonces, trata de acostumbrarse a convivir con el miedo. “Mi padre ha sido humillado. Se presentó en casa un oficialillo de 25 años y le dijo: “Es usted un traidor”. A él, que tiene 52 años y estuvo dos meses prisionero de los croatas. Claro que tengo miedo. Un primo mío se fue a Trieste, pero yo no escapo. Espero que nazca un ejército bueno, el que defienda a Montenegro de los serbios. Entonces sí que estaré dispuesto a disparar. Pero contra Milosevic”.

PODGORICA.- 25 mayo 1999. FRANCESCO BATTISTINI Corriere della Sera/EL MUNDO.


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