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Cuento - Música de laúd en la placeta
Autora: Luz González
Yolanda JB - http://www.educarueca.org / Lunes 12 de octubre de 2009
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La placeta hoy, como ha ocurrido con la plaza, se ha quedado sin gente. En verano tiene algunos vecinos más, pero en invierno no se ve salir humo de ninguna chimenea. Pasas por las puertas, cerradas a cal canto, y parece un lugar desierto. Bajas la cuesta hacia las escuelas, donde, afortunadamente, todavía se oyen voces de niños en el recreo, y ahí, a la derecha, a veces, a las horas más insospechadas, se oye la música de un laúd.

Las notas salen de la única casa habitada en invierno.

¿Sabéis por qué?

No, no os voy a desvelar todo el misterio. No quiero quitarle encanto a la placeta. Solamente, os voy a contar una historia que explica esa música ahí, en ese lugar del pueblo. Una historia que, aunque os parezca un tanto fantástica, pudo ser verdad. Los hechos se remontan a un pasado de siglos, cuando el pueblo todavía no era una villa, cuando el señor Diego López de Haro aún no había construido el castillo que lleva su nombre al lado del río, ni su apellido había pasado a formar parte del nombre de Villaescusa y de los pueblos de alrededor.

Era un tiempo en que Villaescussa ( no sé cómo se llamaba entonces) se movía todavía al ritmo del canto del almuédano. Lo mismo pasaba en Tresjuncos, Alconchel, La Almarcha, Almonacid, Albacete (Al Bazit),Alcázar, pueblos y ciudades de por aquí, que, con pequeñas modificaciones, han conservado sus nombres de aquella época.

Eran años de paz y prosperidad, aunque no hubiera los lujos ni riquezas de las ciudades importantes del Califato, ciudades situadas al Sur, como Córdoba.

Durante siglos habían convivido musulmanes, judíos y cristianos en perfecta armonía. Cada uno practicaba su religión respetando la del vecino, todos pagaban sus impuestos y hacía mucho, mucho tiempo que habían dejado de temer las escaramuzas de los africanos. A los Reyes Cristianos todavía no se les había ocurrido eso de la Reconquista y Villaescusa era una aldea del Andalus donde se mezclaban las razas y las religiones.

Aunque la mayoría iba a la mezquita, y a los mozárabes no les estaba permitido levantar iglesias, sino sólo conservar las que ya estaban construidas desde el tiempo de los visigodos, por la zona había unas cuentas ermitas y allí acudían a oír misa. Los nombres de estas ermitas recordaban la clase de milagros que la gente iba a pedir allí con sus rezos y exvotos: la ermita de la Salud, la de Santa Bárbara, protectora de las tormentas, etc.

En ese lugar de donde sale hoy la música, vivía una familia de artistas muy respetados en el pueblo. Su trabajo era amenizar las fiestas, los bautizos, las bodas y los entierros. Tenían un amplio repertorio, distinto para cada ocasión. Y como eran muy buenos, la gente los contrataba siempre que había un acontecimiento.

Actuaban gratis, aunque lo normal era que la gente les pagara en especie: una docena de huevos, un saco de trigo, un anafre de aceite, un cesto de frutas o vegetales del tiempo. Incluso había algún rico que les pagaba con dinero. Pero ellos tocaban igual de bien les dieran poco o mucho. Tocaban por amor al arte. La música era sagrada para ellos y hubiera sido un sacrilegio tener tratos de favor con algunos por el solo hecho de que pagaran mejor.

Con tantos regalos no tenían que ocuparse de trabajar en el campo o en otros oficios para poder comer, así que siempre estaban dispuestos a tocar cuando se lo pedían. Durante muchos, muchos años, todo el pueblo pudo disfrutar con su música que alegraba los corazones de la gente, los consolaba en los entierros y los animaba a bailar unos con otros y hacerse amigos.

Pero un día alguno de los que trabajaba en la atalaya de los pinos vino diciendo que en otros pueblos había soldados y que aquí, en este, también había que formar un ejército por si acaso atacaban los de los otros pueblos. Este señor convenció a las autoridades, que hasta entonces habían vivido en paz, para que llamasen a unos soldados de fuera y les enseñase a manejar las armas con las que poder matar a los posibles enemigos.

Vinieron los soldados y los tuvieron que alimentar y alojar en sus casas. Venían con uniformes muy bonitos, así que las chicas los preferían a ellos en vez de a los chicas del pueblo.

Estos dejaron sus trabajos y se dedicaron a aprender el arte de la guerra que es el arte de matar tú primero para que no te puedan matar a ti. Con el dinero que tenían se hicieron vistosos uniformes y tuvieron que pedir prestado para comprar las armas. El pueblo se fue empobreciendo poco a poco. Ya no había gente para trabajar porque los jóvenes se pasaban el tiempo entretenidos con las armas. Apenas quedaban cereales, ni frutas ni vegetales, ni gallinas ni huevos….

Con los soldados en el pueblo, la gente se olvidó de celebrar las fiestas como antes y ya no llamaban a los músicos. Ni les llevaban huevos, ni vegetales, ni trigo…. Una mañana, la familia de artistas decidió irse del pueblo dónde habían vivido siempre y buscar otro sitio dónde poder vivir sin traicionar su arte. Se fueron todos menos los abuelos a los que las piernas no les permitían grandes caminatas. Y como ninguno en esa familia podía vivir sin tocar cada día algo de música, se quedaron con un viejo laúd para entretener la espera hasta que los hijos regresaran.

Llegaron al pueblo de al lado (no se sabe cuál fue) y cual no sería la frustración de la familia de músicos al ver que también allí se estaban armando para la guerra. Al ver que venían del Villaescusa, los detuvieron como enemigos y menos mal que como las armas de verdad aún no les habían llegado no los pudieron matar. Los llevaron a la cárcel y los acusaron de pertenecer al pueblo que quería invadirlos ¿por qué si no habían comprado tantas armas? Ellos no se iban a quedar atrás. Si querían guerra, iban a tenerla. Para defenderse, estaban preparando un ejército mucho mayor que el de sus vecinos.

Cuando llegaron las armas, mataron a los músicos, por precaución, no fuera ser que fueran espías de los otros. O a lo mejor fue para probar si funcionaban o no. Después, como estaban mejor armados, tomaron la decisión de atacar ellos primero, por si acaso. Lo llamaron guerra preventiva, y dijeron que lo hacían en defensa propia. Cuando llegaron las tropas vecinas a Villaescusa, los abuelos, como todos los días, estaban sentados junto a la ventana tocando el laúd. Dicen que ese día la música sonaba mejor que nunca. Que incluso los soldados que vinieron a prender fuego a la casa se quedaron quietos un momento antes de echar la tea encendida sobre el techo de paja. Y que las notas eran sublimes. Tanto que uno de los soldados se arrepintió y tuvo la debilidad de intentar apagar el fuego incipiente con su turbante. Pero el oficial al mando, que lo vio todo, lo acusó de traición y de faltar a su deber. Sacó su sable y lo ajustició allí mismo.

Entonces, dicen, cambió el tono de la música que, sin dejar de ser alegre, se tornó compasiva.

El techo empezó a arder y los viejecitos siguieron tocando cada vez con más energía. El resplandor de las llamas iluminaba sus siluetas, uno al lado del otro, con el laúd en los brazos. Poco a poco, las llamas fueron cubriéndolo todo y todavía se oía su música. La casa se derrumbó, todo se redujo a cenizas y escombros y aún así, se les seguía escuchando. Dicen que se siguió oyendo durante mucho tiempo y que todavía hoy, en ese lugar, puede oírse a veces, a las horas más insospechadas.

Luz González


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