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WANGARI MUTA MAATHAI: EL VIVERO DE LA DEMOCRACIA (Galardonada en 2004 con el Premio Nobel de la Paz)
Yolanda jb / Martes 21 de noviembre de 2006
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WANGARI MUTA MAATHAI: EL VIVERO DE LA DEMOCRACIA

Entrevista realizada por Ethirajan Anbarasan, periodista del Correo de la UNESCO

“Plantar un árbol encierra un mensaje muy claro: con ese simple acto usted puede mejorar su hábitat. La población cobra así conciencia de que puede influir en su entorno, y ello es un primer paso hacia una mayor participación en la vida de la sociedad.”

El combate de una mujer africana

En un país en el que las mujeres quedan relegadas a un papel secundario en el plano político y social, la trayectoria de Wangari Muta Maathai, de 59 años de edad, constituye una excepción. Bióloga de formación, fue la primera mujer de Africa Oriental que obtuvo un doctorado, llegó a ser catedrática y dirigió un departamento universitario, todo ello en la Universidad de Nairobi. Wangari Muta Maathai inició su acción en el Consejo Nacional de Mujeres de Kenya en 1976. A través de ese organismo lanzó el proyecto ”Harambee para salvar la tierra” (harambee significa en swahili ”actuar unidos”). Finalmente, en 1977, el proyecto recibió el nombre de Movimiento del Cinturón Verde.

Este movimiento lanzó programas para fomentar y salvaguardar la biodiversidad, proteger el suelo, crear puestos de trabajo especialmente en las zonas rurales, dar una imagen positiva de las mujeres ante la comunidad y afianzar las cualidades de éstas como dirigentes.

Su objetivo esencial era lograr que la población comprendiera la necesidad de proteger el medio ambiente, plantando árboles y aplicando políticas a largo plazo. Cerca de 80% de los 20 millones de árboles plantados aún está en pie. En la actualidad, Cinturón Verde tiene más de 3.000 viveros, con lo que da trabajo a unas 80.000 personas, en su mayoría mujeres campesinas.

En 1986, el movimiento fundó una Red Panafricana de Cinturones Verdes y organizó seminarios y programas de formación destinados a otros países africanos. Ello condujo a Tanzania, Uganda, Malawi, Lesotho, Etiopía y Zimbabwe a adoptar los métodos del Cinturón Verde.

Miembro de la Junta Consultiva en Asuntos de Desarme del Secretario General de las Naciones Unidas, Wangari Muta Maathai ha sido agraciada con 14 premios internacionales. Entre ellos fue galardonada con el prestigioso Right Livelihood Award, considerado como un Premio Nobel alternativo, como reconocimiento de su ”contribución al bienestar del género humano”.

En un país que durante decenios estuvo sometido a un régimen de partido único, a menudo fue duramente golpeada por la policía por participar en manifestaciones que exigían la protección de los bosques de Kenya. ”Los gobiernos piensan que amenazándome y agrediéndome van a hacerme callar”, dice Maathai. ”Pero tengo piel de elefante. Y alguien tiene que hacer oír su voz.”

Esta madre de tres hijos está empeñada actualmente en una batalla para salvar las 2.500 hectáreas de los bosques de Karura, al noroeste de Nairobi, donde el gobierno quiere edificar complejos de viviendas.

“Hubo parlamentarios que me reprocharon el hecho de estar divorciada. Creo que en el fondo esperaban que al poner en tela de juicio mi condición de mujer lograrían someterme. Después se dieron cuenta de su error.”

Datos y cifras

República de Kenya (Jamhuri ya Kenya):

Antigua colonia inglesa, obtuvo su independencia en 1963 y se convirtió en república el año siguiente.

Superficie: 582.646 km2

Capital: Nairobi

Población: 28,4 millones

Idiomas: kiswahili, inglés

Esperanza de vida al nacer: 52 años

Tasa de alfabetización de adultos: 79,3%

PNB per cápita: 372 dólares

Presidente: Daniel T. Arap Moi

Moneda: chelín de Kenya (74 chelines = 1 dólar)

Fuente: Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo , Informe sobre Desarrollo Humano 1999.

“Durante los últimos treinta años, Africa no ha tenido gobernantes visionarios y altruistas preocupados por el bienestar de su pueblo.”

Esta defensora keniana del medio ambiente y de la democracia espera que en el próximo milenio los dirigentes africanos se preocupen en primer lugar del pueblo.

Usted afirmó en una oportunidad que mejorar la calidad del medio ambiente sólo será posible si progresan las condiciones de vida de la población. Si uno desea salvar el entorno, primero hay que proteger al pueblo. Si somos incapaces de preservar a la especie humana, ¿qué objeto tiene salvaguardar las especies vegetales?

A veces se tiene la impresión de que la gente pobre destruye el medio ambiente. Pero esas personas están tan agobiadas por la lucha por la vida que no pueden preocuparse por los daños a veces irreparables que están causando al entorno para satisfacer sus necesidades más esenciales.

Así, paradójicamente, los más desfavorecidos, cuya supervivencia depende de la naturaleza, son también en parte responsables de su destrucción. Por eso, insisto, si realmente queremos salvar nuestro entorno, habrá que mejorar las condiciones de vida de los pobres.

Por ejemplo, en algunas regiones de Kenya, las mujeres recorren kilómetros para procurarse leña en los bosques, pues en las cercanías de sus aldeas ya no quedan árboles. Cuando escasea el combustible, deben caminar cada vez más lejos para obtenerlo. El resultado es que se preparan menos comidas calientes, la nutrición se resiente y el hambre aumenta. Si esas mujeres dispusieran de medios, no tendrían que expoliar esos valiosos bosques.

¿Cuál es la importancia actual de los bosques de Kenya y de Africa Oriental? Desde comienzos del siglo la tendencia fue reemplazar las especies autóctonas por especies exóticas comercializables. Hoy advertimos cuáles son las consecuencias de esa política. Hemos entendido que al talar los bosques originales estábamos destruyendo nuestra rica biodiversidad. Pero el daño ya estaba hecho.

Cuando en 1977 el Movimiento del Cinturón Verde (ver recuadro) inició su campaña de plantación de árboles, la cubierta forestal de Kenya era aproximadamente 2,9%. Hoy la superficie arbolada ha disminuido a un 2%, lo que significa que perdemos más árboles de los que plantamos.

El otro problema grave es que el medio natural de Africa Oriental es muy vulnerable. Estamos muy cerca del desierto del Sahara, y los expertos han advertido que si prosigue la tala indiscriminada, éste podría avanzar hacia el sur de manera incontenible, ya que son los árboles los que impiden la erosión del suelo causada por las lluvias y el viento. Al eliminar lo poco que nos queda de bosque, lo que hacemos es crear minidesiertos del Sahara. Ya hay pruebas fehacientes de este fenómeno.

Nuestro movimiento organiza seminarios de educación cívica para la población rural, especialmente los agricultores, en el marco de campañas de sensibilización a los problemas ambientales. Si se preguntara a cien campesinos cuántos han visto desaparecer un manantial o una corriente de agua en el transcurso de su vida, casi treinta levantarían la mano.

¿Qué resultados ha obtenido su movimiento y en qué medida ha impedido el deterioro del entorno en Kenya?

A mi juicio, el éxito más importante del Cinturón Verde ha sido crear mayor conciencia en los ciudadanos, y en especial en la población rural, acerca de los problemas ecológicos. Diversos sectores de la población se dan cuenta ahora de que la suerte del entorno concierne a todo el mundo y no sólo al gobierno. En parte gracias a esta sensibilización ahora podemos ejercer presión en los responsables políticos. Los ciudadanos les exigen que protejan el medio ambiente.

En segundo lugar, el Cinturón Verde introdujo la noción de preservación del medio ambiente gracias a los árboles pues éstos satisfacen muchas necesidades básicas de las comunidades rurales. En 1977 empezamos plantando siete árboles en un pequeño parque de Nairobi. En esa época no teníamos ni viveros, ni personal, ni fondos, sólo el convencimiento de que los campesinos tenían un papel que cumplir en la solución de los problemas ambientales. Proseguimos nuestra tarea y hoy día hemos plantado más de 20 millones de árboles en todo el país .

Plantar un árbol encierra un mensaje muy claro: con ese simple acto usted puede mejorar su hábitat. La población cobra así conciencia de que puede influir en su entorno, y ello es un primer paso hacia una mayor participación en la vida de la sociedad. Todo el mundo puede ver los árboles que hemos plantado, son por ello los mejores embajadores de nuestro movimiento.

Pese a la Cumbre de Río, en 1992, y la de Kioto sobre el clima, en 1997, no se han registrado grandes progresos en los programas y campañas de protección ambiental a nivel mundial. ¿Por qué?

Lamentablemente para muchos dirigentes del planeta el “desarrollo” es sinónimo de cultivos comerciales extensivos, presas hidroeléctricas onerosas, hoteles, supermercados y artículos de lujo, es decir de expoliación de los recursos humanos y naturales. Se trata de un enfoque a corto plazo que no atiende las necesidades básicas de la población -alimentación adecuada, agua potable, vivienda, atención hospitalaria, información y libertad.

Esta frenética carrera hacia un supuesto desarrollo ha dejado de lado la protección ambiental. El problema es que los gobernantes no sólo no asumen la dirección de las campañas de protección ambiental como deberían hacerlo, sino que son en buena medida responsables de la destrucción del medio ambiente. Además, el poder político está ahora en manos de personas con intereses comerciales y que mantienen estrechas relaciones con las multinacionales, cuya única meta es obtener beneficios a expensas del medio ambiente y de la población. También sabemos que las multinacionales han persuadido a muchos dirigentes políticos del mundo de que no tengan en cuenta las declaraciones formuladas en las conferencias internacionales sobre problemas ambientales. Estamos pues a merced de esas grandes empresas, que pueden ser implacables e inhumanas. Y creo que como ciudadanos deberíamos negarnos a ello.

Usted inició su carrera como académica. Más tarde empezó a luchar por el medio ambiente, y ahora se la considera una activista por la democracia. ¿Cómo explica esa evolución personal a lo largo de veinticinco años?

Pocos son los ecologistas que se preocupan sólo por la suerte de las abejas, las mariposas y los árboles, pues saben que es imposible preservar un entorno saludable sin un Estado que controle a las industrias contaminantes y la deforestación.

En Kenya, por ejemplo, se ha autorizado a grandes propietarios a construir lujosas residencias en medio de los bosques. Como individuos conscientes debemos oponernos a ello. Cuando alguien se inmiscuye en estos asuntos, entra en conflicto directo con los responsables políticos y se le tacha de agitador.

Cuando en los años setenta enseñaba en la universidad de Nairobi advertí que los derechos académicos de las profesoras no eran respetados por el hecho de ser mujeres. Mi primer combate consistió en reivindicar esos derechos. Simultáneamente, me vi enfrentada a problemas relacionados con mi trabajo pero que al principio no había visto con claridad, como los derechos humanos. Fue así como empecé a participar en una campaña en pro de la democracia.

En los años setenta advertí que en una democracia joven como la nuestra era muy fácil que los dirigentes se convirtieran en dictadores. Una vez que lo eran, empezaban a utilizar los recursos nacionales como si fueran su propiedad personal. Me di cuenta de que la Constitución les daba atribuciones que les permitían hacer mal uso de las instituciones y los recursos del Estado.

Entonces me incorporé al movimiento en pro de la democracia y reclamé reformas constitucionales y la creación del espacio político necesario para garantizar la libertad de pensamiento y de expresión. No podemos vivir con un sistema político que mata la creatividad y atemoriza a los individuos.

Con sus calificaciones académicas usted podría haber vivido cómodamente en Estados Unidos o en cualquier otro país occidental. Pero decidió instalarse en Kenya. En los últimos veinticinco años ha sido insultada, amenazada, golpeada, encarcelada y en varias oportunidades se le prohibió abandonar el país. ¿Lamentó alguna vez haber regresado a Kenya para defender sus ideales con la acción directa? No fue un acto de voluntad, pero nunca me arrepentí de haber regresado a Kenya y de contribuir al desarrollo de mi país y de mi región. Sé que mi acción no ha sido totalmente inútil.

Muchas personas vienen a verme y me dicen que mi labor ha sido un incentivo para ellas. Siento una gran satisfacción porque al comienzo, en especial durante la dictadura, era difícil hablar.

Hasta hace pocos años, había personas que se me acercaban en la calle y murmuraban: “Estoy con usted y rezo por usted.” Tenían tanto miedo que no querían que nadie las oyera. Sé de muchos que temían hablarme o que los vieran conmigo porque podían ser castigados.

Al quedarme en Kenya y enfrentar procesos y tribulaciones constituí una fuerza más positiva que si me hubiera marchado a otro país. Habría sido muy distinto si viviendo en Occidente hubiera alzado la voz para decir lo que había que hacer en Kenya. Al permanecer aquí doy aliento a mucha más gente.

¿Piensa que sufrió virulentos ataques y atropellos porque se opuso a decisiones tomadas por hombres?

Nuestros hombres piensan que las mujeres africanas deben ser obedientes y sumisas, y en ningún caso superiores a sus maridos. No cabe duda de que al comienzo mucha gente me combatió porque soy mujer y porque era intolerable que tuviera opiniones tan concluyentes.

Sé que en ocasiones ciertos varones con posiciones destacadas, entre ellos el Presidente Daniel Arap Moi, se burlaron de mí. Hubo parlamentarios que me reprocharon el hecho de estar divorciada. Creo que en el fondo esperaban que al poner en tela de juicio mi condición de mujer lograrían someterme. Después se dieron cuenta de su error.

En 1989, por ejemplo, nos enfrentamos seriamente a las autoridades para salvar el Parque Uhru, en Nairobi. Afirmé que sería absurdo destruir ese hermoso parque en el centro de la ciudad para reemplazarlo por un complejo de viviendas. El Parque Uhru era un lugar maravilloso, el único en Nairobi donde las familias podían pasar un rato al aire libre con toda tranquilidad.

Cuando lancé la campaña contra la construcción del “Monstruo del Parque”, nombre con el que más tarde se conoció al proyecto, se me ridiculizó y se me acusó de no entender el desarrollo. No he estudiado planificación del desarrollo, pero sé que una ciudad necesita espacios verdes. Felizmente otras organizaciones no gubernamentales y miles de ciudadanos se sumaron a nuestras protestas y logramos salvar el parque.

El gobierno, que quería destruirlo, lo declaró después patrimonio nacional. Podrían haberlo hecho sin atacarme y sin burlarse de mí.

¿Qué la movió a participar en las elecciones presidenciales de 1997? ¿Por qué, pese a su popularidad, no obtuvo un número apreciable de votos?

Decidí presentarme a las elecciones por varias razones. En 1992, cuando por primera vez se legalizó en Kenya un sistema multipartidista, procuré por todos los medios con otros grupos políticos formar una coalición de oposición, pero fue en vano. Como numerosos candidatos de oposición aspiraban a la presidencia, me retiré de la campaña.

Como era de esperar, la oposición perdió las elecciones y ahora todo el mundo acepta que la campaña que emprendimos para unirla era una buena idea. Desde 1992 queríamos formar un gobierno de unidad nacional en el seno de la oposición. Exactamente lo que ahora ésta proclama hoy día.

En las elecciones generales de 1997, traté de persuadir a la oposición de que se uniera y presentara un candidato de una comunidad étnica contra la KANU,1 el principal partido de Kenya. Pero algunos grupos de oposición me calificaron por ello de tribalista. Cuando todos mis esfuerzos para unir a la oposición fracasaron, decidí presentar mi candidatura a la presidencia.

Durante la campaña me di cuenta de que en este país es muy difícil ser elegido sin dinero, y yo no lo tengo. Advertí que por buena, honrada y demócrata que sea una persona, si no tiene cómo pagar a los electores no es elegida. Y perdí.

Todo esto constituyó una experiencia nueva para mí. Ahora puedo hablar con conocimiento de causa. Comprobé también que la población aún no está madura para la democracia y que es urgente emprender una labor de educación cívica y de formación de una conciencia política. La población todavía se deja guiar por motivaciones étnicas y vota en función de ellas. El problema étnico fue un factor clave durante las últimas elecciones.

Pese a sus inmensos recursos naturales, Africa va muy a la zaga de otros continentes en materia de desarrollo y crecimiento. ¿Por qué razón? Sin lugar a dudas, por la ineficacia de sus gobernantes. Esta generación de dirigentes africanos pasará a la historia por su grave irresponsabilidad que ha puesto de rodillas al continente. Durante los últimos treinta años, Africa no ha tenido gobernantes visionarios y altruistas preocupados por el bienestar de su pueblo.

Hay razones históricas que lo explican. Poco antes de otorgar la independencia a muchos países africanos, el poder colonial promovió a jóvenes africanos situándolos en posiciones hasta ese momento inaccesibles para los nativos y los preparó para tomar el poder dejado por la administración colonial.

Esos nuevos administradores y esas flamantes elites africanas disfrutaron de un estilo de vida y de privilegios semejantes a los de las autoridades de los imperios coloniales. Y en cuanto a los objetivos para el país, nada diferenciaba a los nuevos dirigentes de los antiguos, salvo el color de la piel.

Fue así como los dirigentes africanos abandonaron a su pueblo. Para conservar el poder siguieron la misma receta que el sistema colonial, a saber, sembrar el antagonismo entre comunidades. Estos conflictos internos persistieron durante décadas en muchos países africanos, consumiendo sus escasos recursos.

Por consiguiente, lo que necesitamos son mejores dirigentes. Si no lo logramos, no hay esperanza. La historia enseña que si no sabemos proteger lo que nos pertenece, alguien vendrá y se apoderará de ello. Si nuestros pueblos no logran protegerse a sí mismos, seguirán siendo explotados, ellos y sus recursos.

También es cierto que las potencias occidentales, en especial los antiguos amos coloniales de la región, han seguido explotando a Africa y actuando en estrecha connivencia con sus dictadores y dirigentes irresponsables. Esa es la razón por la que estamos agobiados de deudas que no podemos reembolsar.

El continente africano necesita ayuda internacional para mejorar su situación económica. Pero la mayor parte de la ayuda exterior para Africa es más bien una terapia de supervivencia frente a flagelos sociales: programas de socorro contra el hambre, asistencia alimentaria, control de la natalidad, campamentos de refugiados, fuerzas de mantenimiento de la paz, misiones humanitarias. Apenas se destinan recursos para programas de desarrollo sostenible como formación y educación funcionales, creación de infraestructuras, producción de alimentos o estímulo a las empresas. No hay un solo centavo para iniciativas culturales y sociales que capacitarían a la población y liberarían su energía creadora. Espero que en el próximo milenio surjan nuevos dirigentes en Africa. Confío en que éstos se preocuparán más de su pueblo y utilizarán los recursos del continente para ayudar a los africanos a salir de la pobreza.

1 Fundada en 1960, la Kenya African National Union (KANU Unión Nacional Africana de Kenya) ganó las primeras elecciones después de la independencia del país en 1963 y se mantiene en el poder desde entonces.

El Correo de la UNESCO: http://www.unesco.org

Visto en: http://www.radialistas.net

Otra entrevista: "Degradación ambiental y pobreza van juntas" http://elpais.com/diario/2004/12/10/sociedad/1102633205_850215.html

Fallece Wangari Maathai, la nobel que plantaba árboles: http://sociedad.elpais.com/sociedad/2011/09/26/actualidad/1316988001_850215.html


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