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DISONANCIAS: REFLEXIONES DESDE EL NORTE
Yolanda jb / Miércoles 4 de octubre de 2006
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Decir que la educación es un instrumento clave para el desarrollo de los pueblos y posiblemente la mejor inversión de futuro que se puede realizar es algo “políticamente correcto” en cualquier ámbito. Para muchas personas, además, es una frase-amenaza hacia los poderes establecidos ya que consideran a la educación como herramienta que puede lograr unas sociedades no sólo más desarrolladas, sino también más justas y humanas.

Obviamente, es fácil estar de acuerdo con esa afirmación y confiar en que apostar por la educación es una de las mejores opciones para el desarrollo de los pueblos. No obstante, me voy a permitir presentar algunos elementos críticos o disonantes ante el abrumador consenso que existe en este tema.

¿De qué educación hablamos?

No siempre queda claro de qué hablamos cuando decimos educación y así, en muchas ocasiones, se tiende a identificar educación con escuela, niveles de instrucción o cualificación. Considero importante realizar esta advertencia ya que, si bien no son conceptos contrapuestos, evidentemente, no son idénticos y puede ser relevante tener esto en cuenta si pretendemos que la educación llegue a ser un instrumento de cambio social. Recuerdo cómo en mis años jóvenes creíamos firmemente en algo que casi era un tópico: cuando la clase obrera o las clases populares tengan un buen nivel cultural van a cambiar muchas cosas en nuestro país y no les será tan fácil a los poderosos manejar a la población.

Mejoran los medios, decrece el interés

Poniendo un ejemplo y mirando a la realidad en España, podemos afirmar que hoy tiene uno de los más altos niveles de escolarización y cualificación de toda su historia, y una juventud con altos índices de estudios superiores, pero no por ello se ha modificado sustancialmente la estructura social, e incluso hay momentos en que parece una sociedad mucho más dócil y manejable que la que conocimos antes.

De forma paralela, al mayor grado de complejidad de una sociedad urbana y tecnificada, parece que se está produciendo una cierta dimisión de la familia y de los entornos cercanos como principales agentes educativos.

A la escuela se le pide demasiado

Se ha generado una desmesurada demanda para que el sistema escolar atienda los más variados requerimientos: la educación en valores, la educación vial, la educación para la salud y la paz, o la educación para el desarrollo y la solidaridad.

Ante cada emergente fenómeno social, da igual que sea la violencia de genero, la inmigración, o la violencia realizada por menores, tras la inevitable oleada que suele pedir un endurecimiento del sistema penal creyendo que eso puede resolver algo, suelen surgir voces más sensatas que señalan a la educación como el instrumento para abordar esas cuestiones.

Y es entonces cuando fácilmente se identifica educación con sistema escolar y se deposita en este último las expectativas. Pero, curiosamente, a esta demanda no le sigue una revisión de los medios materiales ni un crecimiento de apoyo social al sistema escolar. Además, se mantiene el requerimiento de que forme cognitivamente al alumnado en los materiales tradicionales de la enseñanza.

Relación personalizada, aprendizaje significativo

Otro aspecto que se debería revisar es la pérdida de relación personal entre profesorado y escolares y de la relevancia significativa de la figura del docente para sus alumnos y alumnas. Si a ello unimos la pérdida de influencia del entorno familiar y la escasez de instancias educativas en ámbitos no formales, claramente podemos apreciar que el significativo aumento de los recursos escolares no necesariamente supone una mayor, o mejor, influencia educativa.

Aun a riesgo de resultar esquemático, tengo que plantear que, nos guste o no, el concepto de educación en sí mismo es un concepto conservador ya que, al ser un dispositivo social que pretende preparar a la persona para que se desenvuelva en su entorno, tiene por objetivo la propia permanencia de la sociedad. En momentos de rápidos cambios socioeconómicos, es aún más evidente cómo las influencias educativas suelen estar algo desfasadas y así preparamos a la persona para el mundo que conocemos y no tanto para el que se va a encontrar en su futuro. Y si pensamos en el sistema escolar, tendremos que reconocer, aunque sea sólo por observación de sus resultados, que se ha convertido en un poderoso instrumento en manos de los gobiernos, sobre el que pugnan por su diseño y control, ya que son conscientes de su importancia.

En consecuencia, hablar de manera genérica sobre la educación o glosar sus múltiples valores, está muy bien, pero no necesariamente acredita que sea un instrumento de cambio social. Incluso podríamos decir que, según como se apliquen, los esfuerzos educativos, muchas veces reducidos al ámbito escolar, pueden constituir más una herramienta de dominación y de incremento del valor añadido de las personas para su explotación laboral que propiamente un proceso liberador que les acerque a sociedades más justas y solidarias.

(Texto de apoyo)

Algunas claves para que la educación sea una herramienta de cambio

 Mantener una postura crítica ante la fascinación de los grandes conceptos: educación, solidaridad, cooperación, etc, y mirar con esperanza, pero con rigor, los efectos de las diversas iniciativas que en torno a esos conceptos se ponen en marcha. Potenciar los aspectos más humanos de la educación.

 Atender a los espacios no formales y evitar que se pierdan mientras tienen vida y pujanza. Plantear la importancia de los llamados “aprendizajes significativos”, vinculados a las experiencias vividas y sentidas por las personas.

 Buscar aplicaciones concretas y cercanas respecto a los valores propuestos: el consumo como herramienta de responsabilidad, el viaje como instrumento de cooperación, la denuncia como medio de acción, etc.

 Exigir a los gobiernos que se impliquen en el desarrollo de la educación, pero tener presente que el tema es demasiado importante como para dejarlo sólo en sus manos.

Fecha Publicación: 16/09/2004

Juan Carlos Martínez Iturmendi

Director de la Escuela Educadores-Adaptación Social del Gobierno de Navarra


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