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LA OTRA CARA DE LA INFANCIA
Yolanda jb / Domingo 28 de mayo de 2006
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Autora: Marisol García Camargo

Jacqueline Zavala, "acomodadora de nubes"

Es una niña disfrazada de mujer. Aunque su físico corresponde a una joven de 22 años, no así su voz y sus gestos. Junto a la “niña que sueña con comerse las nubes”, vive un pasado de violencia, maltrato, falta de cariño y abuso infantil.

Como los seis millones de niños, niñas y adolescentes en América Latina que son objeto de agresiones de acuerdo con la UNICEF (www.unicef.org), Jacqueline navegó por los malsanos mares de los golpes físicos y de aquellos cuya recuperación es lenta, dolorosa, incierta...

A sus poco más de 20 años, las heridas de Jacqueline Zavala permanecen abiertas, los recuerdos intactos y la nostalgia agazapada. Su sombría infancia no es un hecho aislado, es más bien el retrato de una situación que se resiste a morir y por la que atraviesan miles de niños mexicanos.

Pese a que las experiencias de la infancia son clave en la conformación de la personalidad adulta, lo cierto es que los niños son víctimas de pobreza, explotación laboral, agresiones sexuales, prostitución, guerras y violencia.

Niñez al son de la música...

La cajita de pandora se abre. De ella brota esperanza, rabia y llanto, sentimientos que se expresan a través de una voz dulce, casi infantil, que en ocasiones se pierden entre los sonidos cadenciosos del móvil que pende del cortinero.

“Desde pequeña tuve que trabajar. Mis padres toda la vida se han dedicado al comercio. Entonces, toda la vida conocí la dinámica de los mercados, pues esa era mi vida. Lo que recuerdo, y no me gusta, es que sufrí muchas cosas que como niña nunca esperaba”.

Sentada en la acogedora sala de su departamento, rodeada de velas aromáticas, ángeles de resina y paredes de color pastel; Jacqui, como la llaman los amigos, clava sus enormes ojos cafés y continúa:

“Suena trágico decirlo, pero esa es la patética realidad. Desde que yo nací mi mamá me llevaba en brazos al tianguis porque ella tenía que estar atendiendo al cliente. Tú sabes, ofreciendo el producto y pues desde niña yo me crié en un mercado, al igual que mis otras hermanas.”

Fue precisamente este entorno el que le impidió tener una infancia “normal”, pues aunque esta vida la hizo ser responsable de sus actos, la privó de juegos y de la compañía de otros niños. “De niña lo que quieres es jugar, correr y ja, ja, ja, ji, ji, ji, pero esa parte de mi vida yo no la pude disfrutar.”

“Esas cosas pasan...”

El entorno del mercado y sus escasos seis años la hicieron víctima de acoso sexual por parte de un anciano. Acoso que se extendió por poco más de un lustro: “Nunca pude decir nada y el día que lo hice se armó una revolución...”

“Cuando los comerciantes se enteraron, casi linchan al tipo y casi lo matan. Y no te digo que fue feliz, pero bendito sea Dios, nunca lo volví a ver”.

- ¿Cómo era el acoso?

Su mirada se vuelve evasiva. Su manos, pequeñas y afables se tornan nerviosas; imparables retuercen las cintas de su sudadera roja.

“A veces tenía que levantarme temprano para poner el puesto, acomodar los casetes, limpiarlos. (...). Entonces yo toda desvelada me iba a dormir al carro y el hecho de que (éstos) se estacionen en la parte trasera de los tianguis le dio la oportunidad a esa persona para que en repetidas ocasiones me fuera a buscar...”

Su voz quebrada, continúa relatando: “Es muy sucio recordarlo, pero primero empezó con que me veía, me seguía, me buscaba, me veía, me veía. Así recuerdo que empezó.”

Después de estos ataques a baja escala, inexplicables para una niña, el acoso subió de tono. El señor “iba a comprar fruta y normalmente iba comiendo plátano, y el hecho de cómo se lo comía más bien era una referencia fálica. Ahora entiendo lo que hacía, pero en ese entonces a mí me daba mucho asco y eso fue el principio de lo más grotesco”.

El acoso no paró allí y llegó a límites insoportables cuando el anciano tocaba el cristal del carro y “se sacaba el pene y lo manipulaba”.

“Eso me originó un problema para ver a la gente de la tercera edad. No puedo tolerar ver gente de la tercera edad, me dan miedo y siento que en algún nivel los repudio”.

- ¿Cómo reaccionaron tus padres?

- Pues después de seis años creo que lo recibí yo mejor que ellos. Mi mamá, no sé si me entendió lo que le expliqué o necesitaba que se lo explicara de otro modo, me dijo que ese tipo de cosas pasaban.

“Cuando se enteró mi papá me dijo que a lo mejor yo lo provocaba. Durante mucho tiempo de mi vida creí que yo era la culpable de todo”.

Estudiante de la carrera de Ciencias de la Comunicación, Jacqueline dice que ha superado esta parte gris de su biografía. “Ahora ya puedo tolerar que un anciano se siente a mi lado, sin sentir la necesidad de levantarme o golpearlo”.

La letra con sangre entra...

La violencia intrafamiliar ocurre en el 30.4% de los hogares capitalinos en forma de maltrato emocional, intimidación o abuso físico o sexual (www.unicef.org/mexico/programas/violencia). En esta estadística estuvo hace algún tiempo Jacqueline.

A ratos, como ahora, pareciera como si se desmoronara. Sus risas se asoman con menos frecuencia. Sus ojos de ciruela se tornan rojizos cuando habla de sus relaciones familiares.

La admiradora de Gabriel García Márquez, la “escuintla” como se autonombra, habla sobre el maltrato físico y emocional del que fue víctima cuando tenía entre seis y siete años. Los victimarios: sus padres, practicantes adictos de la premisa “la letra con sangre entra”.

“En el caso de mi hermana, la más grandes, pues si era que la ponían a leer y si leía mal pues le daban su jalón de cabellos ¿no?, pero conmigo era muy distinto. Conmigo eran horas enteras (en las) que mi papá se sentaba ahí y (era) golpe seguro si me equivocaba.

“Era de llegar al otro día con las calcetas arriba de las rodillas, con la falda todavía cubriendo las calcetas y con el suéter y, aunque hiciera el calor que hiciera, no me lo podía quitar porque traía los brazos moreteados, las piernas moreteadas.

“Un día traía un raspón de aquí a acá -señala las piernas-, pero era porque me caí de las escaleras cuando mi papá me pegó. Eran golpes muy notorios”.

Los hechos dejaron el ámbito privado del hogar para terminar en el departamento de trabajo social de la primaria. Los pleitos entre los padres y la profesora. Las amenazas del progenitor de Jacqueline de sacarla de la escuela para “evitarse la bronca”.

Tal situación se descubrió cuando, en medio de la clase, la entonces niña gritó por el dolor que le causó un roce en su pierna golpeada. En ese momento, la profesora la interrogó y la llevó al baño. “Ahí me pidió que me levantara la falda, yo me esperaba lo peor... Aparte yo era víctima de acoso en otro lado.”

Él me ordenó: acuéstate

Jacqueline solloza. Las palabras seguras se humedecen por las lágrimas que escurren tímidamente por sus mejillas rellenitas. Las seca rápidamente.

Esta vez, el golpe fue más duro. Hablar de daño en un abuso es pleonasmo, pero el que éste provenga de “un amigo”, aumenta su potencia.

Como en innumerables casos, el intento de violación se dio en la casa de un conocido. El festejo por el cumpleaños de un amigo, Martín, al que sus padres y ella misma fueron invitados, fue el escenario.

“El primo de Martín era mi amigo. Él, junto con un compañero, me llevó a su habitación”, cuenta Jacqueline.

El abuso sexual lo protagonizó un adolescente de 14 años. “Entre juego y juego me dijo acuéstate y yo le dije que no. Él me ordenó: acuéstate. Lo que hizo su amigo fue agarrarme de las muñecas contra la cama. Recuerdo perfectamente como alzó la falda de mi vestido, y me jaló mis pantaletas. Hasta la fecha odio ese tipo de pantaletas”.

Su voz baja de volumen al describir la imagen, para siempre congelada en la memoria: “Eran unos calzoncitos de corte competo que tenían encaje en todo el borde, en las orillas y abajo, y en la parte de atrás un moñito de encaje. Me acuerdo que nada más me los vi en los tobillos. Comencé a temblar y a llorar.

“Pero te digo que si de algo tengo que agradecer en este vida es de tener suerte. No tiene otro nombre, es suerte. Me acuerdo que en ese instante, oí que iba subiendo alguien. Era Carmelita (la madre de Martín). Cuando vio lo que pasaba, golpeó a su sobrino y al otro pendejo lo corrió de su casa. Le dijo mil cosas, le dijo: ¡pendejo!, ¿qué le hiciste a la niña?”.

Sus últimos imágenes de esa hiriente escena se remiten a Carmelita levantándola de la cama, secándole las lágrimas, peinándola y pidiéndole que nunca dijera nada.

“Son cosas que una nunca olvida. Las haces parte de tu vida. Y ese tipo de cosas de algún modo te aconsejan qué hacer en un futuro”. Producto de esas dos experiencias traumáticas, Jacqueline durante mucho tiempo no soportó ser tocada de las piernas, ni sentarse sobre las piernas de su abuelo o ver ese tipo de ropa interior.

- ¿Tus padres se enteraron?

- Hasta la fecha no lo saben...

Tú eres demasiado pendeja

El maltrato emocional en los niños es la forma de violencia más recurrente. No se expresa en brazos o piernas marcadas, sino en el alma, allí donde los analgésicos son inservibles.

A pesar de que Jacqueline dice no odiar a sus padres por las heridas hechas, abiertas y vueltas a abrir, “es mucho lo que les reprocharía a mis padres, porque nunca quisieron taparle el ojo al macho. Porque nunca quisieron taparme uno de los ojos para que yo no me diera cuenta de toda la verdad”.

Las preferencias por las otras dos hermanas, la mayor y la más pequeña, eran evidentes. Recuerda: “A veces cuando yo me veía con los zapatos rotos y les decía a mis padres que ya no tenía, ellos sí tenían palabras en la boca para decirme ‘¡no tengo dinero!’, pero al otro día a mi hermana la más chica le compraban un par de zapatos teniendo ya tres“.

Su vida transcurrió entre los deseos y anhelos de ser como su hermana Claudia, la mayor. Ella era el ejemplo, el orgullo de sus padres. Claudia “fue la niña abanderada, fue la niña que cada año se sacaba el primer lugar en el salón... la niña a la que si a papi le decía cómprame unos zapatos se los compraba.. fueron muchas cosas.

“Siempre creí que me trataban diferente porque yo era demasiada tonta. Me acuerdo que ella dijo que de grande iba a ser doctora y yo con el afán de parecerme a ella, dije lo mismo”.

Su madre, tajante, corto sin aspavientos sus aspiraciones, diciéndole: “¡no! Porque tú eres demasiado pendeja para poder ser doctora. ¿Por qué no te dedicas a otra cosa?”.

Actualmente Jacqueline vive en un departamento compartido. Sin embargo, la primera salida del hogar paterno ocurrió a los cuatro años, cuando, en medio de una pelea, su hermana mayor la corrió de la casa:

“De hecho ni siquiera salieron a buscarme. Yo regresé sola. Tres horas después, yo regresé. Era de noche, no recuerdo la hora, pero sé que era de noche y me quedé sentada en la esquina”.

El trato desigual “entre mi hermana y yo, era muy evidente. Yo sé que hay muchas personas que pueden decir que es mi paranoia, que estoy loca y mil cosas más, pero cuando sabes que es cierto y que tu locura no puede más que la realidad, entonces ahí es cuando sabes que no es cierto.”

Sus corazonadas se convirtieron en certezas cuando su madre, hace algunos años, se lo confirmó: “Un día platicando con mi mamá le dije que yo quería saber cómo decidieron tener una segunda hija, refiriéndome a mí, por supuesto.

Secamente, la madre le contó que ella, Jacqueline, había sido el “amarre” para retener al esposo que la iba abandonar por otra mujer. Sin la menor muestra de inhibición, la abofeteó con la dureza de las palabras: “Un día decidí que la mejor opción era amarrarlo con otra hija y ¿adivina quién fue el amarre?”

El remedio telenovelesco surtió efecto.

En busca de un padre

“¿Qué cómo me afectaron estas experiencias?, creo que (sólo) hace falta ver las actitudes que tengo a esta altura de mi vida. Una de las terapeutas me dijo: pues nada más te digo que vas a repetir cánones, pero necesito que estés consciente de ello; cuando busques una pareja, no vas a buscar una pareja con la cual vivir, vas a buscar a un padre.”

La profecía se autocumplió. Jacqueline se declara capaz de todo cuando se siente protegida por un hombre. Se muestra, también, inclinada a buscar amigas que la apapachen y se conviertan en una especie de madre. “No sé que tan bueno o malo sea, pero es real”.

Las relaciones de pareja se vieron también trastocadas por estas experiencias. En el caso de su vida sexual, Jacqueline se enfrentó con muchos miedos. “Físicamente me sentía sucia, decía que era fea, imperfecta... bueno (me ponía) adjetivos al derecho y al revés”.

La primera vez que tuvo relaciones sexuales fue una prueba decisiva: “llore, no porque me haya dolido, no porque haya sentido algo. De hecho no sentí nada. Pero lloré porque yo sabía que me estaba sometiendo a algo que me había hecho daño tanto tiempo”.

Esas son pendejadas...

La Convención de los Derechos del Niño, ratificada por el Senado de nuestro país, establece el derecho al respeto, a la comprensión y al amor de los padres (Convención de los derechos del niño hacia el siglo XXI, p.416).

“A pesar de que lo único que tengo hasta la fecha es el bautizo, mis papás siempre fueron de la idea de que su hija tenía que llegar virgen al matrimonio. De hecho hasta la fecha mi mamá me dice: es que yo quiero que llegues virgen al matrimonio. Pues el día que se entere, se va a infartar ¿no?, pero la verdad no me interesa si se entera o no, y si se infarta no es mi problema.

“Mi papá un día me dijo que tenía que recordar, y recordarlo para siempre, que las mujeres en algunos casos no sirven para otra cosa que para coger. Hace dos años eso me lo dijo”.

Pese a ello, “ya no les reprocho nada. Ya todo se los reproche. Hace cuatro años (...) me peleé con mi padre y le grité que por qué nunca me había dado un beso en la frente o por qué nunca me llevó un regalo del día del niño o de mi cumpleaños, lo que fuera. Él me respondió que esas eran pendejadas”.

De la bulimia a la anorexia

Resultado de la violencia intrafamiliar, la carencia de afecto y el trato desigual, sobrevinieron problemas alimenticios.

Éstos iniciaron cuando el peso de Jacqueline se fue por los aires. Sin embargo, el verdadero problema “fueron todos los ataques de violencia intrafamiliar que acontecieron”.

Los apodos, insultos y chistes alusivos a su complexión no se hicieron esperar. Así, durante un año, el provocarse el vómito después de comer se volvió en práctica obligatoria: “Era normal para mí el hecho de que comiera y terminara hincada en el inodoro volviendo el estómago”.

Al ver los resultados expresados en 15 kilos perdidos durante dos meses, “se me ocurrió dejar de comer”. Su integridad física pendía de un hilo.

Su incursión en los caminos de la bulimia y la anorexia terminó en la sala de un hospital, hecho al que le precedió un desgaste físico y emocional, el despostille de sus uñas, la caída de su pelo, la palidez y la suspensión por más de seis meses de la menstruación.

Los siguientes días fueron difíciles. A los rigurosos hábitos alimenticios, le siguieron terapias interminables, cuatro psicólogos, culpas y, sobre todo, miedos. “Ahora te lo puedo contar y te puedo decir que yo fui bulímica, yo fui anoréxica”.

Acomodadora de nubes

A los 17 años comenzó a trabajar formalmente en una panadería, en una “fábrica de sueños” como ella la llama. “A mí me encantaba un pan, no por su sabor, sino por su nombre y por lo que representaba. Me encantaba acomodar las nubes”.

Ahora Jacqueline se come las nubes, pero no las hechas de harina, sino de sueños. Después de vivir en un núcleo familiar inseguro, violeto y que la rechazaba, “la extravagante” se dice feliz:

“Jacqueline es una niña que se resiste a morir y que nunca va a envejecer porque es la que me da la vida que tengo, la que me hace ser tan efusiva, la que me hace buscar la felicidad”. Después de todo, “las sonrisas no caducan”.

FUENTE: http://www.tintero.org/ver.php3?id_article=47

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Autor/es: Tintero / Publicado: Martes 11 de abril de 2006

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